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La larga lucha de los palestinos en Israel

Hatim Kanaaneh

12-03-15

Al mismo tiempo que se fundaba el Estado de Israel en 1948, sus fuerzas armadas expulsaron sistemáticamente a la población palestina originaria y arrasaron hasta los cimientos unas 500 comunidades en la campaña de limpieza étnica más larga y mejor negada de los tiempos modernos.

Apenas seis décadas y media después, ¿quién se acuerda de Damun, por ejemplo? Excepto los hijos e hijas de sus refugiados supervivientes y sus descendientes, ¿quién se acuerda de este pueblo?

Encarcelados en la prisión al aire libre de Gaza o en los campos de refugiados de Líbano, las bombas sónicas israelí o por los ataques aéreos reales los aterrorizan a diario para obligarles a un relato alternativo de la historia. Sin embargo, Damun era otro pueblo palestino de las mismas dimensiones que Arrabeh, mi pueblo natal.

Al igual que Arrabeh, estuvo habitado de forma continua durante unos 4.000 años, desde la época en que lo fundaron los cananeos. Y como el resto de Palestina, cada uno de estos pueblos asimiló un conquistador tras otro, se adaptó a una versión suavizada de sus dictados, practicó una versión alternativa de sus creencias y sobrevivió gracias a los dones de su fértil tierra y de sus resistentes cosechas, sus olivos, higos y trigo.

Ahora Damun ha desaparecido para siempre sustituido por una colonia judía celosamente exclusiva llamada Yasur en una clara, premeditada y por ahora triunfante revisión de la historia.

El destino de Damun y de los otros cientos pueblos palestinos arrasados y olvidados en gran parte nos sirve de lección a los miembros de la minoría palestina en Israel.

¿Nadie en quien confiar?

La limpieza étnica se cierne todavía en el horizonte. Cada vez que oímos el ruido de sables de una guerra inminente con Siria, Líbano o Irán cobra vida la amenaza de ser expulsado a través de una frontera alterada.

¿En quién podemos confiar para impedir que ocurra? No en “la comunidad internacional”, no después de que sus corresponsales de los medios de comunicación permanecieran en la emblemática Colina de la Vergüenza al norte de Gaza contemplando el espectáculo de luces de fósforo blanco en el invierno de 2008-09 y con lo que Israel les suministraba informaran a sus espectadores del telediario de la noche en sus países, por no mencionar su constante inacción ante la más sangrienta masacre del verano de 2014.

Los ciudadanos palestinos de Israel se encuentran en la encrucijada de la esperanza de paz para Oriente Próximo, sus logros no festejados y sus promesas no verificadas. Como miembro de este grupo originario trato de sacar nuestra existencia a la luz, de cantar nuestra alegrías y dolores, de hacerme eco de nuestro sentido de alienación y de desposesión, de hacer frente al dilema de nuestra identidad y de aclamar nuestros éxitos ocasionales y nuestra confianza en el futuro.

En 1948, después de la Nakba, el grupo destinado a convertirse en los ciudadanos palestinos de Israel despertó a una nueva e inquietante realidad. Aproximadamente un 85% de los habitantes palestinos de aquello en lo que se iba a convertir en Israel había sido obligado a atravesar las fronteras y a convertirse en refugiados en los países vecinos.

El 15% que quedaba se encontró con que “los separaba una frontera brutal”, como lo expresa Dr. Hunaida Ghanim, uno de sus descendientes. Sin haberlo decidido se convirtieron en ciudadanos israelíes. Estos palestinos, junto con los residentes en Jerusalén Oriental y los Altos de Golán, constituyen actualmente más de una quinta parte de la población total de Israel.

Tácticas de control

En 1948 se desplazó a entre una cuarta y una tercera parte de nosotros en el interior del país y se convirtió en lo que en Israel se conoce oficialmente como “ausentes presentes”.

Se promulgaron leyes para privar a los miembros de este subgrupo de sus hogares y de sus propiedades privadas, incluidas sus tierras y cuentas bancarias. El resto de nosotros fue perdiendo gradualmente la mayor parte de nuestra tierra debido a las confiscaciones que llevaba a cabo el Estado por medio de unas leyes y ordenanzas específicamente diseñadas y muy bien elaboradas que afirmaban servir al “bien público” o a las necesidades de seguridad del Estado.

Los estrategas del nuevo Estado fueron creativos a la hora de aplicar todo tipo de tácticas de control y desposesión al grupo de campesinos derrotados, muy dispersos y carentes de líderes. Adaptaron la regulación extraordinaria del Mandato Británico (promulgada originalmente para hacer frente a los movimientos judíos clandestinos), incluida la draconiana norma militar que negaba a los “árabes de Israel” (como al Estado le gusta llamarnos) la libertad de movimiento y la ocupación [de la tierra] durante dos décadas enteras.

En 1967 todo el sistema se trasladó de plano a los recién ocupados territorios de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental.

Simultáneamente, la mayoría de población judía procedió a definir el Estado que ella dominaba como colindante consigo mismo, con lo que a todos los efectos nos situó a la minoría palestina al margen del emergente “bien público” y de la preocupación por seguridad del Estado. Ahora poseemos menos del 3% de la tierra de Israel y se nos impide utilizar lo que queda porque es propiedad del Fondo Nacional Judío o se considera tierra del Estado, lo cual es la verdadera esencia de la empresa sionista.

Aproximadamente la mitad de la población judía de Israel, en cambio, proviene de países de Oriente Próximo o del Norte de África con unas características socioeconómicas no diferentes de las de los palestinos. La principal diferencia era que el Estado, respaldado por la comunidad judía del mundo, invirtió gran cantidad de fondos y de esfuerzo en programas bien coordinados para la mejora socioeconómica de un grupo.

No sólo no existían programas paralelos para nosotros, los palestinos, sino que también se minó aquello que apuntalaba nuestras bases comunales agrarias con la confiscación generalizada de tierras y las limitaciones para la selección y comercialización de los cultivos, y para los sistemas de regadío a beneficio de las cooperativas agrícolas judías. Como los judíos orientales (los sefardíes) en Israel fueron completamente asimilados por la hegemonía cultural ashkenazi, se marginó aún más a los miembros de nuestra comunidad hasta que se convirtieron en trabajadores eventuales de la construcción y la agricultura en las ciudades y en las nuevas colonias judías.

Aislamiento

Perdimos nuestra autosuficiencia agrícola mientras carecíamos de una base alternativa para el desarrollo, como la industria o el comercio. A nuestro aislamiento se sumó la imagen de nuestros pueblos como lugares periféricos enemigos.

Nuestros pueblos y ciudades se convirtieron en localidades dormitorio a las que volvían los hombres por la noche y los fines de semana, lo cual hizo realidad el sueño bíblico sionista de convertirnos a los palestinos en “leñadores y portadores de agua”.

Por si fuera poco, los compañeros árabes del otro lado de las maliciosas fronteras nos consideraron un grupo de lacayos del Estado sionista que había decidido quedarse y codearse con el enemigo. Solo con la ocupación israelí de Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental, y Gaza en 1967 empezó a desvanecerse esta imagen deformada, un proceso que nos volvió a poner en contacto con los compañeros palestinos derrotados.

Nuestros políticos intervinieron para ofrecer aquellos pequeños favores que estaban dentro de sus posibilidades, nuestros empresarios asumieron el cargo de subcontratistas e intermediarios entre ocupantes y ocupados, y nuestras figuras literarias brillaron en el nuevo foco de atención de la fidelidad nacional y literaria que nunca habían abandonado, como demuestran figuras como Mahmoud Darwish, Samih al-Qasim, Taha Muhammad Ali, Tawfiq Zayyad y Emile Habibi.

Desde el establecimiento del Estado hemos padecido una desposesión y guetización sistemáticas. Últimamente el proceso se ha vuelto perverso: los sionistas mesiánicos fundamentalistas y los líderes colonos, aciaga maldición de ocupación, se han hecho con posiciones destacadas en el liderazgo político y militar de Israel.

Nuestra carta fuerte es la educación

Con ello, el proceso de nuestra exclusión ha adquirido una mayor velocidad y legitimidad, reforzado por medidas legislativas racistas y un vengativo estado de ánimo público que raya con el consenso.

En vista de la actual oleada de desconfianza y enemistad que culmina en linchamientos, yo lucho para obtener coraje de mi entorno social. Pregunto a un vecino por su familia y orgullosamente anuncia que su primogénito está estudiando ingeniería bioquímica en Estados Unidos. Me preocupo por lo caro que es eso y él alza la sierra eléctrica con el brazo derecho y le hace dar un orgulloso zumbido como respuesta, con la frente sudorosa brillando a la luz del sol de poniente.

Voy a visitar a un colega más joven con el deseo de que me tranquilice en vista de algunas de mis funciones corporales comprometidas. Él recuerda a su padre, un refugiado que envió a la universidad a sus tres hijos, convertidos ahora en un médico, un arquitecto y un fisioterapeuta, con la sola ayuda de la fuerza de sus bíceps en su trabajo de yesero.

Mi colega flexiona el brazo en un orgulloso espectáculo de sumud (perseverancia). Me rodean media docena de jóvenes médicos y enfermeros, todos ellos sobrinos y sobrinasnietas, para hacer una foto en la boda de un familiar y me siento orgulloso más allá de la fidelidad y solidaridad que ello implica: sí, en el “Estado de los judíos” la educación es la carta fuerte de los palestinos. Somos orgullosos fenómenos de sumud y educación.

Familias enteras reúnen sus salarios para contribuir a pagar los estudios universitarios de un alumno. Los jóvenes profesionales trabajan duro para garantizar un futuro a su comunidad y estar a la altura de las grandes expectativas de sus duramente castigados progenitores artesanos, descendientes de agricultores de subsistencia despojados de sus tierras. La práctica y la tradición deberían ser suficientes para mantenernos ante la tormenta que se avecina.

Dr. Hatim Kanaaneh es autor de Chief Complaint y A Doctor in Galilee: The Life and Struggle of a Palestinian in Israel (Pluto Press, 2008).

Este artículo es un extracto del nuevo libro Chief Complaint: A Country Doctor’s Tales of Life in Galilee, de Hatim Kanaaneh, reproducido con permiso. Just World Books publicará Chief Complaint el 24 de febrero.

 

Traducido  Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.

 

Artículo original Electronic Intifada: Electronic Intifada