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Lifta, el eco triste de la Nakba palestina a las puertas de Jerusalén

16-05-2014

La entrada noroeste de Jerusalén tiene nombre e identidad: Lifta, la única aldea árabe que sobrevive de las 68 que rodeaban la ciudad santa antes de la creación del Estado de Israel, y en la que aún hoy resuenan los ecos de la Nakba o “desastre” en árabe.

Una fecha marcada a fuego en el calendario palestino y en la que se rememora -este año la conmemoración será este jueves, 15 de mayo- la firma en 1948 de un pacto que escindió en dos la Palestina histórica y propició la expulsión de su hogar de más de 750.000 personas, refugiados hasta hoy.

Cerca de 3.000 de ellas hubieron de abandonar Lifta, antiguo enclave cuya historia se remonta 2.000 años atrás y que aún hoy, salpicando la ladera de un verde valle donde la exuberante vegetación come terreno a las otrora calles, se aprecia la belleza de lo que un día fue.

“Toda la zona era un campo de olivos y frutales que cada cual decidía plantar y todos cuidaban”, narra Yacoub Odeh, un palestino de 74 años que organiza tours para desvelar la historia del lugar que le forzaron a abandonar cuando tenía ocho.

Su respiración entrecortada, amplificada por el micrófono, intensifica la emoción de sus palabras al rememorar el día a día del arruinado pueblo, de más de 500 casas, que se gestionaba de forma comunal.Al inicio del viaje en el tiempo, donde él sitúa su escuela sólo se percibe el esbozo de la salida de un túnel, inicio de un puente de 74 metros de altura y 96 metros de la futura carretera que partirá el valle.

“Supondrá otra violación para Lifta. La Autoridad israelí de la Tierra, encargada de gestionar estos terrenos, toma decisiones sin contar con nadie más”, denuncia.Con “otra” alude a la licitación para construir 245 viviendas de lujo, un centro comercial, un museo y un hotel como parte de un plan de reurbanización del área, en suspenso tras rechazarlo el Tribunal de Distrito de Jerusalén por “razones técnicas”.”La aldea se asemejaba a los pueblos colgantes de la antigua Babilonia. Ahora, en lugar de mantener su esplendor, se ha convertido en un refugio para gente sin hogar y drogadictos”, se lamenta el antiguo morador.

Los judíos ultraortodoxos que se acercan al lugar para bañarse en uno de los dos depósitos que recogen el agua de una cascada en la plaza entorpecen la recreación de los olores e imágenes que Yacoub trata de revivir.

“La aldea no son solo casas, piedras y árboles; la aldea está viva”, sostiene este recolector de la historia oral. “Recuerdo maravillosas noches a la luz de la luna entre frutales, cuando los vecinos se reunían bajo la luna llena para narrar historias de las Mil y Una Noches”.”Tocaban instrumentos y cantaban canciones. Era un sitio especial, hermoso”, rememora.

Las propiedades de los habitantes de Lifta fueron requisadas en 1950 bajo las “Regulaciones de Emergencia” de la Ley de Ausencia israelí, según la cual el recién creado Estado tomaría el control de las posesiones de los refugiados hasta que su situación política se regulase.

“Éramos reyes, teníamos todo lo que necesitábamos y nos convertimos en mendigos”, asevera con emoción.

Muchos terminaron viviendo en el propio Jerusalén, muy próximos a sus viejos hogares, en Cisjordania, y algunos otros viajaron a Jordania, pero ninguno de ellos ha recuperado su posesión a pesar de estar bajo el amparo de la resolución 194 de la ONU, que reconoce el derecho de los refugiados a ser repatriados.

Ahora, las estructuras de las antes majestuosas casas, aún sobre sus cimientos, presentan grandes brechas que según Yacoub hizo el Ejército israelí para evitar el retorno.”Éramos un enclave al que luchadores y líderes solían acudir para discutir asuntos importantes durante el mandato británico. La ocupación israelí destruyó parte de las construcciones por miedo a que los aldeanos quisieran regresar”, argumenta con orgullo.

Esta idea nunca desapareció. “Nuestro objetivo es regresar. Con eso seremos felices, si podemos volver a casa. Soy un refugiado y oler las plantas de mi madre me recuerda la maravillosa vida que una vez tuve aquí, cuando tenía ocho años. Nunca olvidaré.”Y aunque cada visita retuerce sus sentimientos -”Sólo vuelvo como un turista y no me puedo quedar”-, mantiene la esperanza de que algún día su “paraíso” será reconquistado.”Su idea (de los israelíes) era que los viejos morirían y los jóvenes olvidarían. Pero nosotros nos hemos esforzado en educar a la segunda, a la tercera y así lo haremos con posteriores generaciones para que la idea del retorno no perezca jamás. Les contamos nuestras historias mostrándolos el mensaje, manteniéndolas vivas”.

“Las armas no les darán el poder de permanecer aquí. Al final la voluntad de la gente prevalecerá y conseguiremos lo que queremos: volver a casa, ser libres en nuestra tierra, en nuestros hogares, en nuestro país. No es un regalo, es un derecho”, recalca.

Fuente: EFE / OICP