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¿Por qué Israel teme al movimiento por el Boicot, Desinversión y Sanciones?

04-02-2014

Omar Barghouti

Si los intentos del Secretario de Estado John Kerry por reavivar las conversaciones entre Israel y la Autoridad Palestina fracasan debido a la continuada construcción israelí de asentamientos ilegales, es probable que el gobierno de Israel tenga que enfrentarse a un boicot internacional “de caballo”, según advirtió el Sr. Kerry en agosto pasado.

Estos días, Israel parece sentirse aterrado tanto por el crecimiento “exponencial” del movimiento palestino por el Boicot, Desinversión y Sanciones (o BDS, por sus siglas en inglés) como por la creciente influencia de Irán en la región. El pasado junio, el Primer Ministro Benjamin Netanyahu declaró de hecho que el BDS constituía una amenaza estratégica. Tildándolo de movimiento de “deslegitimación”, asignó una responsabilidad total a su Ministerio de Asuntos Estratégicos para luchar contra el mismo. Pero el BDS no supone una amenaza existencial para Israel; supone un firme desafío al sistema israelí de opresión del pueblo palestino, que es la causa fundamental de su creciente aislamiento mundial.

La visión que el gobierno israelí tiene del BDS como amenaza estratégica revela su gran ansiedad por la reciente propagación del movimiento en la comunidad global. También refleja el fracaso de la bien dotada campaña de la “Marca Israel” del Ministerio de Asuntos Exteriores, que reduce el BDS a un problema de imagen y utiliza la cultura como una herramienta de propaganda, enviando por todo el mundo a famosas personalidades israelíes para mostrar la cara más agradable de Israel.

Impulsada en 2005 por las mayores organizaciones y federaciones sindicales de la sociedad palestina, el BDS pide el fin de la ocupación israelí de 1967, el “reconocimiento de los derechos fundamentales de los ciudadanos árabo-palestinos de Israel en pie de igualdad” y el derecho de los refugiados palestinos a regresar a los hogares y tierras de los que fueron desplazados y desposeídos por la fuerza en 1948.

¿Cómo es que Israel, una potencia nuclear con una economía fuerte, se siente tan vulnerable ante un movimiento no violento por los derechos humanos?

Israel está profundamente preocupado por la cifra creciente de judíos estadounidenses que se oponen de forma manifiesta a sus políticas, especialmente los que se están uniendo o poniéndose al frente de campañas por el BDS. También percibe como profunda amenaza la creciente discrepancia entre importantes personalidades judías que rechazan su tendencia a hablar en su nombre, desafían su pretensión de ser el “hogar nacional” de todos los judíos, o plantean el inherente conflicto entre su autodefinición etno-religiosa y su reivindicación de ser una democracia. Lo que I. F. Stone escribió proféticamente sobre Israel allá por 1967, de que estaba “creando un tipo de esquizofrenia moral en la comunidad judía mundial” debido a su ideal “racial y excluyente”, se ha cumplido con creces.

Israel se siente también amenazado por la eficacia de las estrategias no violentas utilizadas por el movimiento BDS, incluyendo su componente israelí, y por el impacto negativo que en la posición de Israel han tenido ante la opinión pública mundial. Como dijo un comandante militar israelí en el contexto de la supresión de la resistencia popular palestina ante la ocupación: “Sabemos muy bien cómo no hacer de Ghandi”.

El voto aplastante en la American Studies Association en diciembre pasado en apoyo del boicot académico a Israel vino inmediatamente después de una decisión similar adoptada por la Association for Asian-American Studies, entre otros, así como de los votos a favor de la desinversión de varios consejos estudiantiles universitarios, demuestran que el BDS ya no es un tabú en Estados Unidos.

El impacto económico del movimiento está haciéndose asimismo evidente. La reciente decisión del fondo de pensiones holandés PGGM de retirar sus fondos, por valor de 200.000 millones de dólares, de los cinco mayores bancos israelíes por su implicación en el territorio ocupado palestino ha conmocionado al establishment israelí.

Para enfatizar el peligro “existencial” que supone el BDS, Israel y sus grupos de influencia invocan a menudo la calumnia del antisemitismo, a pesar de la posición inequívoca y consistente del movimiento contra todas las formas de racismo, incluido el antisemitismo. Esta infundada acusación intenta intimidar y silenciar a quienes critican a Israel para enlazar esas críticas con el racismo antijudío.

Postular que boicotear a Israel es intrínsecamente antisemita no sólo es falso sino que también presume que Israel y “los judíos” son una y la misma cosa. Esto es tan absurdo y está tan lleno de prejuicios como afirmar que, por ejemplo, el boicot a un Estado autodefinido islámico como es Arabia Saudí por su horrendo record de violaciones a los derechos humanos, se debe necesariamente a la islamofobia.

El llamamiento del movimiento del BDS por la total igualdad en las leyes y políticas para los ciudadanos palestinos de Israel es especialmente preocupante para Israel porque plantea dudas acerca de su autodefinición como Estado judío excluyente. Israel considera que es una amenaza existencial cualquier desafío a lo que incluso el Departamento de Estado ha criticado como su sistema de “discriminación institucional, legal y social” contra sus ciudadanos palestinos, debido en parte a la imagen de apartheid que este desafío evoca.

De forma reveladora, el Tribunal Supremo rechazó recientemente un intento de los liberales israelíes de que su nacionalidad o etnicidad apareciera simplemente como “israelí” en el registro nacional de población (que tiene categorías como judío, árabe, druso, etc.). El Tribunal decidió que hacer eso supondría una seria amenaza para la identidad fundacional de Israel como Estado judío para el pueblo judío.

Israel sigue siendo el único país sobre la tierra que no reconoce su propia nacionalidad como reconocedora teóricamente de igualdad de derechos para todos sus ciudadanos, lo que socava su identidad “etnocrática”. En este contexto es que debe entenderse la afirmación de que el BDS, un movimiento no violento anclado en los principios universales de los derechos humanos, trata de “destruir” a Israel.

¿De verdad la justicia e igualdad de derechos para todos destruiría a Israel? ¿Destruyó igualmente a Sudamérica? ¿O a Sudáfrica? En realidad lo que destruyó fue el orden racial discriminatorio que había prevalecido en ambos lugares, pero ni destruyó a la gente ni al país. Del mismo modo, lo único que amenaza la campaña del BDS es el injusto orden de Israel.

Omar Barghouti es un activista palestino por los derechos humanos y autor de “Boycott, Divestment, Sanctions: The Global Struggle for Palestinian Rights”.

Fuente: Rebelión. Traducido por Sinfo Fernández.

Fuente original: The New York Times.