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La caída de Mosul y las falsas promesas de la historia moderna

16-06-2014

Juan Cole

La caída de Mosul ante el radical y extremista Estado Islámico de Iraq y el Levante es la consecuencia de un conjunto de acusaciones históricas. Mosul es la segunda mayor ciudad de Iraq, con una población de aproximadamente dos millones de personas hasta hoy, en que gran parte de la población está huyendo.

Aunque este aspirante afiliado de al-Qaida tomó parte en los enfrentamientos de Faluya y Ramadi del pasado invierno, esos lugares eran más pequeños, menos relevantes y, en Faluya, los ancianos del consejo tribal persuadieron al primer ministro para que no interviniera el ejército nacional tratando de reducir la ciudad.

Es una acusación contra la administración de George W. Bush, que engañosamente declaró que iba a Iraq debido a la vinculación entre al-Qaida y Bagdad. No había vinculación alguna. Irónicamente, al invadir, ocupar, debilitar y saquear Iraq, Bush y el entonces vicepresidente Dick Cheney llevaron a al-Qaida al país y lo debilitaron para permitirles realmente que tomaran y mantuvieran el territorio en estos momentos. No pusieron nada en lugar del sistema que arrasaron. Destruyeron la economía socialista sin conseguir levantar empresas o comercio privado. Pusieron en marcha un sistema electoral que acentúa las divisiones étnicas y religiosas. Hicieron cuanto estuvo en su mano para azuzar una guerra civil en 2006-2007 y se llevaron el mérito cuando amainó en 2007-2008, atribuyéndolo a un incremento de tropas de 30.000 hombres (algo muy poco verosímil).186063_2.jpg
En realidad, las milicias chiíes ganaron la guerra civil sobre el terreno, convirtiendo en gran medida a Bagdad en una ciudad chií y expulsando a muchos sunníes a lugares como Mosul. Hay mucho resentimiento.

Aquellos que dicen que EEUU debería haber dejado tropas en Iraq no explican cómo podría haberse llevado a cabo. El parlamento iraquí votó en contra. En 2011, no hubo posibilidad alguna de que los votos fueran en otra dirección. Porque la ocupación estadounidense de Iraq fue algo espantoso para los iraquíes, algo que siguen padeciendo. ¿Debería la administración Obama haber vuelto a invadir y tratar al parlamento iraquí como el General Bonaparte trató al francés?

Me apresuro a decir que las dificultades que Bagdad experimenta para conservar Mosul implican también una acusación al régimen de Sadam Husein (1979-2003), pionero en la táctica del gobierno sectario, basado en un Partido Baaz sunní fuerte en el centro y el norte, excluyendo y abandonando al sur chií. Ahora los chiíes han revertido esa estrategia, creando una base de poder Bagdad-Nayaf-Basora.

El cambio de circunstancias en Mosul es también indicio del uso irresponsable que los fundamentalistas sunníes de Kuwait, Arabia Saudí y otros lugares del Golfo petrolero están haciendo de sus riquezas. Los altos precios del petróleo, alrededor de unos 100 dólares el barril todos estos últimos años, han inyectado billones en el Golfo. Parte de ese dinero ha ido a parar a manos de gente que admiraba bastante a Osama Bin Laden y que están perfectamente dispuestos a financiar a sus clones para que tomen ciudades importantes como Alepo y Mosul. La tan cacareada capacidad del Departamento del Tesoro de EEUU para impedir las transferencias de dinero de gentes que no le gustan a Washington ha fallado en esta ocasión. ¿Se debe a que Washington es aliado de facto de los multimillonarios salafíes de Kuwait City respecto a Siria, donde ambos quieren ver derrocado al gobierno de Bashar al-Asad y debilitar también a Irán?

La caída de EEUU en una deuda profunda y la aparición de los estados del Golfo y los fondos soberanos suponen un cambio tremendo del poder geopolítico en Riad, Kuwait City y Abu Dhabi, que ahora le pueden comprar sencillamente a Washington la política interior y exterior egipcia. También están intentando comprar el estado salafí de Siria y un estado salafí del norte y oeste de Iraq.

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La caída de Mosul es una acusación contra el nuevo ejército iraquí, que está bien equipado y que tiene bien entrenadas a parte de sus tropas, aunque parece que han salido huyendo ante los combatientes del ISIS, permitiendo que algunas armas pesadas caigan en sus manos.

Es una acusación contra el Primer Ministro Nuri al-Maliki y la elite política chií que se apoderó de Iraq a partir de 2005 y que nunca se ha interesado en la reconciliación con los árabes sunníes. No es sólo una cuestión sectaria. Los partidos chiíes concretos que han venido ganando consistentemente las elecciones pertenecen a la derecha religiosa entre los chiíes. Antes de que la CIA cooperara con el Partido Baaz para destruir la izquierda iraquí, muchos chiíes eran laicos y el Partido Comunista Iraquí se les unió junto a muchos de los judíos del país allá por la década de 1950.

Los partidos religiosos chiíes sueñan con un estado chií. Mucho de ellos quieren poner en marcha una visión fundamentalista de la ley islámica. En ese estado queda muy poco espacio para los kurdos sunníes o los árabes sunníes. El mismo Maliki parece tener problemas con los sunníes y su incapacidad para integrarlos en su gobierno implica que les está entregando a los radicales sunníes. Su incapacidad para llegar a los árabes sunníes hace verosímil que todo el parlamento iraquí rechazara, cuando apareció, el Plan Biden para la partición del país.

Osama Nuyaifi, parlamentario de Mosul y portavoz del parlamento iraquí, se vio impulsado a decir hace pocos años, por vez primera desde la I Guerra Mundial, que estaban dispuestos a renegociar el acuerdo Sykes-Picot de 1916 (que concebía una Siria francesa y un Iraq británico).

Es también una acusación contra la vergonzosa pelea por el Oriente Medio durante y después de la I Guerra Mundial y el voraz colonialismo del período de entreguerras, cuando Londres y París buscaban petróleo, otros recursos y ventajas estratégicas en zonas que iban a preparar para la independencia, según le habían prometido a la Liga de Naciones. Por ejemplo, le vendieron la Palestina otomana a una población europea, provocando, hasta el momento, doce millones de apátridas y personas desplazadas.

Durante la I Guerra Mundial, los diplomáticos británicos prometieron muchas cosas a mucha gente y no se sintieron avergonzados de venderles a todos la misma entrada. El Foreign Office se lo prometió a la Siria de Francia pero el Buró Árabe en El Cairo le prometió Siria a Sharif Husein de La Meca. El Cairo quería Iraq para Sharif Husein; pero también Nueva Delhi (el gobierno británico de la India no podía comprender la diferencia entre gobernar Iraq y gobernar el Sind o Rajastán).

A medida que la guerra iba perdiendo potencia, estaba claro que el Imperio Otomano iba a derrumbarse. Los franceses veían Mosul, con sus riquezas petrolíferas, como parte de Siria. Los británicos en Nueva Delhi y en el Cairo, a pesar de todas sus peleas, estaban de acuerdo en que debería ser parte del Iraq que estaban conquistando las tropas británicas e indo-británicas.

Cuando el primer ministro británico Lloyd George se reunió con el primer ministro francés Georges Clemenceau en Versailles, estaba ansioso por hacer retroceder las reclamaciones francesas sobre Mosul. Ya que los británicos y sus aliados árabes habían tomado Damasco a los otomanos, algunos querían renegar totalmente del acuerdo Sykes Picot de 1916. El Presidente Woodrow Wilson también estaba allí, con sus ideas de autodeterminación para los pueblos de los antiguos imperios y no quería ver apropiaciones imperiales. Se dijo que Clemenceau se sentía atrapado entre Jesucristo y Napoleón.

Cuando Lloyd George se reunión con Clemenceau, se dice que éste le preguntó: “¿Qué quieres?” Lloyd George dijo: “Mosul”. Y Clemenceau estuvo de acuerdo. “¿Algo más?” “Jerusalén”. Los tendrás. A cambio, los franceses se aseguraron Siria, lo que implicaba que Lloyd George había traicionado a Sharif Husein y a su hijo Faisal b. Husein, entonces en Damasco, en aras al petróleo de Mosul. Después se dijo que Lloyd George sentía que había conseguido tan fácilmente esas dádivas de Clemenceau que debería haber pedido más.

Al integrar Mosul en el Iraq británico, sobre el que Londres colocó a Faisal b. Husein como rey importado después de que los franceses le hubieran escoltado sin ceremonias desde Damasco, permitió que los británicos dependieran de la vieja elite sunní otomana, incluyendo a antiguos funcionarios otomanos formados en lo que hoy es Turquía. Esta estrategia marginó al sur chií, lleno de campesinos pobres y pueblos pequeños que, en caso de incordiar a los británicos, eran sencillamente bombardeados por la RAF. (Iraq, bajo el dominio británico, fue intensamente bombardeado desde el aire durante una década y los oficiales de la RAF estaban tan abochornados por estas acciones que les preocupaba que el pueblo británico se enterara de ellas.)

Para gobernar a la díscola Siria, los franceses (1920-1943) se atrajeron a minorías religiosas como los alauíes y los cristianos, siguiendo la vieja máxima de divide y vencerás; los campesinos alauíes estaban dispuestos a unirse al ejército colonial, no así las orgullosas familias sunníes de Damasco, pero cuando la época de las dictaduras militares se implantó en un Oriente Medio postcolonial, los alauíes estaban en buena posición para asumir el control de Siria, lo que definitivamente hicieron en 1970.

Los países ahora conocidos como Siria e Iraq entraron en la modernidad habiendo formado parte del Imperio Otomano durante 400 años. En ocasiones, los otomanos gobernaron lo que hoy es Iraq como si fuera una simple provincia cercana a sus fronteras [modernas], y otras como un conjunto de provincias más pequeñas. En algunos puntos, la ciudad de Mosul era la sede de una provincia del mismo nombre.

Sin embargo, con mayor frecuencia, sus altos funcionarios informaban al Sultán en Estambul a través de Bagdad. Mosul, un gran centro urbano en las rutas comerciales fluviales y de las caravanas que se extendía a Alepo y Trípoli hacia el oeste y a Basora y la India hacia el sureste, era un centro urbano importante. Era muy distinto del sur de Iraq, que a lo largo del siglo XIX se convirtió al Islam chií (en parte bajo la influencia chií india) y era menos urbano y más tribal. Sin embargo, estaba unido con el sur por el comercio a lo largo del Tigris y por las estructuras del dominio otomano.

Maliki sólo va a poder recuperar Iraq alineándose con los sunníes nacionalistas en el norte. De otro modo, si se le ocurre ocupar brutalmente la ciudad con tropas chiíes y artillería y bombardearla desde el aire conseguirá que se le vea como al Presidente sirio Bashar al-Asad.

 

Juan Cole es profesor titular de Historia en la cátedra Richard P. Mitchell y director del Centro de Estudios del Sur de Asia en la Universidad de Michigan. Su libro más reciente es “Engaging the Muslin World”, en Palgrave Macmillan.


Traducido Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Fuente en castellano: Artículo sobre Irak de Juan Cole en Rebelión

Fuente en inglés: Artículo de Juan Cole sobre Irak en inglés