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Los egipcios, juguetes en manos de los sionistas

Los planes de Israel de llamar a la reocupación de la península del Sinaí, el apoyo a la creación de un Estado copto en el Alto Egipto y dos Estados sunitas en el Norte y en el Sur.

En las agitaciones que siguen conmoviendo a Egipto, los manifestantes portan pancartas que anuncian sus demandas, algunos preguntan dónde están el pan, la justicia y la libertad social prometida por el nuevo régimen, otras denuncian al régimen y piden su caída mientras en otras se promete la revolución permanente y amenazan con castigar a las fuerzas antirrevolucionarias.

Una de las demandas más inesperadas fue formulada por un manifestante que participaba en una manifestación en Port Said. Los manifestantes protestaban contra las sentencias de muerte dictadas por un tribunal de El Cairo contra las personas declaradas culpables de la masacre del partido de fútbol de Port Said. Un reportero de televisión pidió a este manifestante que explicase sus reivindicaciones. La persona denunció la corrupción y prepotencia del gobierno de El Cairo y agregó enfáticamente: Estamos enfermos y cansados de El Cairo, queremos independizarnos de El Cairo, queremos nuestro propio estado.

Me sorprendió su respuesta. Yo esperaba, dado el contexto, que dijera que quería un nuevo juicio para los acusados o un nuevo gobierno, pero no que quería la separación de Egipto y un nuevo estado llamado Port Said. Nunca he oído hablar de un movimiento separatista con sede en Port Said que defienda la independencia de El Cairo.

Si bien no soy un creyente en las teorías de la conspiración, la política internacional es básicamente una lucha continua por el poder, y en la búsqueda maquiavélica del arte del poder hay engaños, mentiras y uso de la fuerza, aunque nunca reconocida públicamente, que sin embargo sale periódicamente de la clandestinidad en que se mueve la política internacional.

A veces el uso llano de la fuerza es, obviamente, una violación flagrante de los convenios y normas comúnmente aceptados, pero no obstante públicamente y sin vergüenza se utiliza para perseguir ilícitos fines políticos. Este fue el caso infame de la decisión del gobierno de Bush de usar la fuerza para invadir Irak, mientras los medios de comunicación influyentes le ovacionaron durante el período previo a la guerra.

La semana pasada marcó el décimo aniversario de la presentación infame del entonces secretario de Estado Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU en la que utilizó información incompleta y engañosa -en parte plantada por los amigos de Israel en el gobierno de Bush como Douglas Feith en el Departamento de Defensa- de las armas de destrucción masiva y la guerra contra Irak.

El Washington Post opinó que era "difícil imaginar que alguien pudiera dudar de que Irak posee armas de destrucción masiva". El New York Times en su editorial señaló que Powell "es tanto más convincente porque... se centró en dar forma sobria y objetiva a un caso contra el régimen de Hussein".

Ahora que sabemos que no había armas de destrucción masiva y que la guerra se basó en una masiva campaña de mentiras y engaños, el New York Times ofreció esta evaluación aleccionadora. "Diez años después", escribió, "el discurso de Powell aparece como un testimonio histórico de engaño descarado que lleva a una gran carnicería...”

Pero la teoría de la conspiración que animó los debates y especulaciones sobre la naturaleza y el propósito de los manifestantes intransigentes en las calles de El Cairo y otras ciudades tiene sus cimientos en lo que este manifestante de Port Said dijo con respecto a que su ciudad desea la independencia de Egipto para fundar su propio estado.

¿No es precisamente esto lo que el plan sionista quiere para Oriente Medio? El desmantelamiento de los estados árabes de gran tamaño en entidades pequeñas, débiles y dependientes en torno a bases confesionales o étnicas, incapaces de desafiar la dominación y la hegemonía de Israel en la región.

En 1982, el profesor de la Universidad Hebrea Israel Shahak, un activista de derechos humanos israelí, tradujo un artículo originalmente en lengua hebrea en el órgano oficial de la Organización Sionista Mundial, la revista Kivunim (orientaciones).

El artículo se titulaba: `Una estrategia para Israel en los años ochenta’. Shahak afirma en el prólogo: El plan sionista para Oriente Medio "se basa en la división de toda la zona en pequeños estados y la disolución de todos los estados árabes existentes".

Libia se ha debilitado. Sudán se ha dividido, Irak ha sido neutralizado por las luchas internas exacerbadas por la invasión de Estados Unidos, con el Kurdistán prácticamente como un estado independiente. Líbano es débil y Siria está siendo destruida. Jordania tiene un tratado de paz con Israel.

No es sorprendente que a Egipto se le conceda una atención especial. Y así ha ocurrido desde mucho antes de la publicación del documento de la Organización Sionista Mundial. Cuando Jamal Abdul Nasser se convirtió en el eficaz líder de Egipto en 1954, mostró una disposición inesperadamente favorable a los contactos con los líderes israelíes, especialmente con el primer ministro Moshe Sharet, con miras a lograr un arreglo pacífico de la cuestión de Palestina.

La disposición de Nasser para negociar con Israel amenazó el objetivo estratégico del expansionismo sionista que sólo podría lograrse por la fuerza y bajo el amparo de un Israel perpetuamente amenazado de destrucción. La herejía de Sharet, que quería tratar con el líder egipcio Nasser y el interés en un acuerdo negociado provocó la ira del establishment sionista.

David Ben-Gurion desplazó a Sharet, tomó las riendas del poder y procedió a conspirar con los franceses y los británicos el ataque de 1956 contra Egipto. Aunque el ataque de 1956 (tras el ataque israelí de 1954 a la guarnición egipcia de Gaza) fracasó en destituir a Nasser, puso fin a su participación en la búsqueda de un acuerdo con Israel.

El debilitamiento de Egipto seguía siendo un objetivo central de la política israelí. Cuando Nasser cayó en la trampa de la escalada de la crisis en que Israel amenazó a Siria, Israel lanzó su ataque atronador el 5 de junio de 1967. En el espacio de seis días, el ejército israelí demolió a los ejércitos de tres países árabes -Egipto, Siria y Jordania- y ocupó el Sinaí, los Altos del Golán y Cisjordania. Se produjo una guerra de desgaste y la gran ferocidad con la que Israel llevaba a cabo los ataques aéreos en el interior de Egipto inquietó a Washington. El secretario de Estado William Rogers propuso un plan de paz que fue aceptado por Nasser pero fue rechazado por Israel y finalmente torpedeado por Henry Kissinger, archirrival de Rogers en la Casa Blanca.

Pero fue Anwar Sadat quien dejó a Egipto fuera del conflicto y firmó un tratado de paz por separado con Israel. Así se abrió la puerta a Israel para aterrorizar a sus vecinos con impunidad: un ataque aéreo contra Irak en 1981, la invasión de Líbano en 1982 y en 2006, el ataque aéreo contra Túnez en 1985 y un sinnúmero de agresiones contra los palestinos, ante los que el Egipto de Sadat y su sucesor Hosni Mubarak no pudieron hacer mucho más que condenar verbalmente los ataques.

El Egipto bajo Mohammad Mursi protestó enérgicamente por la última guerra contra Gaza, y todos los grupos políticos pidieron la revisión de los Acuerdos de Camp David con Israel. Los estratégicos diseños de Israel son llamar a Egipto a la reocupación de la península del Sinaí y desestabilizar a ese país apoyando el establecimiento de un estado copto en el Alto Egipto y dos Estados sunitas en el norte y en el sur.

Tal vez el manifestante Port Said que pedía la independencia de su ciudad no era consciente de que involuntariamente estaba promoviendo el diseño sionista.

Adel Safty es un distinguido profesor adjunto de la Escuela de Administración Pública de Siberia, Rusia. Su nuevo libro, Might Over Right , está avalado por Noam Chomsky.

Fuente: Rebelión. Traducido del inglés por J. M. y revisado por Caty R. 

Fuente original: Gulfnews.com.